7 razones

Quisiera ser ese niño que corre por las calles del mercado, el que pícaramente se lleva un pañuelo para la cabeza mientras la dueña del puesto me tira encima las piedras y monedas de menor denominación que encuentra.

Quiero correr usándolo como mi capa, soñando que en algún momento me saldrán alas y volaré muy alto en el cielo.

Quiero volver a la plaza con mis amigos, jugar a la rayuela y saltar en la fuente, aunque nos reprendan nuestras madres. Sentir el viento moverse con gracia entre mis cabellos, mientras nos refresca del intenso sol.

Ya no quiero sentir el polvo sobre mí. Ese polvo metálico, pesado, que ni el viento más fuerte puede levantar.

Ya no quiero quedarme sordo entre tanto ruido. Ese estruendo constante de las máquinas y las explosiones.

Ya no quiero ver morir a los inocentes, a los míos. Ya no quiero más ríos de sangre en mi ciudad, o en mi casa. Ya no quiero perder a nadie más.

Sé que somos algunos, unos pocos tomando en cuenta cuántos han muerto ya. Pero aunque seamos pocos, algo podremos hacer, y quizás logremos romper el silencio que nos rodea.

Y por eso, aunque muera, me defenderé. Atacaré. Ya no voy a llorar. Peor aún ante el enemigo, el verdadero infiel.

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¿Dónde?

¿Dónde ha quedado aquella niña de ojos tristes que lucían pequeños de tanto llorar? ¿Dónde se escondió ella, la que nunca se cortó las venas pero escribió como si así fuera? Aquella que podía escribir los versos más tristes y desgarradores en un minuto ante la luna nueva y las historias más románticas con el sol como testigo. La pequeña que encontraba historias que contar en cada rostro de su barrio; nunca le temió a la oscuridad, pero sí a los perros. Su mejor amiga era la lluvia y el peor enemigo el tiempo. ¿A dónde se fue? ¿Se habrá ido de viaje? ¿O algún ser envidioso se apoderó de ella y su talento?
Decir que ha muerto es la falacia más grande del mundo. A dónde fue a parar, no lo sabemos. Excepto que fue vacunada y creció. En alguna parte de su cerebro quedan los recuerdos de aquella niña que ahora es mujer; que juega con palabras sin escribir una historia, mira al cielo nocturno buscando una musa de antaño y considera al sol como el asesino de la hermosura de su perfecta piel.

 

niña de espaldas
Esa niña no ha desaparecido. A veces se asoma en sus inquisidores ojos, ahora grandes, y en las risas escondidas en la soledad, en las galas a las que asiste y los libros que guarda en medio del polvo sin sospechar sobre el otrora amor que les profesaba.
Sí, todavía vive la niña rebelde. Pero está próxima a ser rebelde con causa. Espera el momento oportuno para salir.
Ahora, todo es cuestión de tiempo.