7 razones

Quisiera ser ese niño que corre por las calles del mercado, el que pícaramente se lleva un pañuelo para la cabeza mientras la dueña del puesto me tira encima las piedras y monedas de menor denominación que encuentra.

Quiero correr usándolo como mi capa, soñando que en algún momento me saldrán alas y volaré muy alto en el cielo.

Quiero volver a la plaza con mis amigos, jugar a la rayuela y saltar en la fuente, aunque nos reprendan nuestras madres. Sentir el viento moverse con gracia entre mis cabellos, mientras nos refresca del intenso sol.

Ya no quiero sentir el polvo sobre mí. Ese polvo metálico, pesado, que ni el viento más fuerte puede levantar.

Ya no quiero quedarme sordo entre tanto ruido. Ese estruendo constante de las máquinas y las explosiones.

Ya no quiero ver morir a los inocentes, a los míos. Ya no quiero más ríos de sangre en mi ciudad, o en mi casa. Ya no quiero perder a nadie más.

Sé que somos algunos, unos pocos tomando en cuenta cuántos han muerto ya. Pero aunque seamos pocos, algo podremos hacer, y quizás logremos romper el silencio que nos rodea.

Y por eso, aunque muera, me defenderé. Atacaré. Ya no voy a llorar. Peor aún ante el enemigo, el verdadero infiel.

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Sus cartas (II)

“¿Qué es esto?”, pienso al revisar el contenido del cartón que me ha llegado en el correo. El hecho que me haya llegado uno me sorprende en exceso.

Veo que son cartas. Unas en papeles amarillos por el paso del tiempo, otras relucientes y blancas porque son nuevas. Dicen que eran de la persona que vivía en este departamento. Nunca puso dirección de destino y las regresaron.

Sostengo una en mis manos y me impresiona el estilo de la misma. ¿Quién es ella que escribe tan maravillosamente? Me ha dejado estupefacto. Escribe con tanto realismo, dolor, felicidad… es como un concentrado de vida en cada carta. ¿Quién es ella?

Regreso a mi departamento y me siento a leer cada una de las cartas, todas escritas a mano con una caligrafía elegante. ¿En serio son cartas? Más parecen capítulos de una historia contada a dos tiempos o dos voces. Una de los sucesos diarios y otra en la que analiza los mismos. Como si cada acto mereciera ser filosofado, si acaso se pudiere realizar tal hazaña. ¡Qué análisis, qué encanto en cada carta! Aunque sea mayoritariamente doloroso el sentimiento que me llega en cada misiva, me encanta leerlas.

He pasado toda la noche en vela, ni he sentido el paso de las horas. Veo el sol alzarse sobre la ciudad y ni siento cansancio. Una taza de té será suficiente para mantenerme despierto para lo que queda. Agradezco que no me agrada el café.

Termino de leer las cartas y me encuentro con una en la que refiere estar cansada de escribir cartas sin destinatario. ¿Seré lo suficientemente bueno para escribirle una carta? ¿A qué dirección? Cuando me cambié, me dieron una dirección para realizar los pagos mensuales, pero no sé si sea de ella o del agente mobiliario.

Salgo apresurado a tomar un taxi. Justo las avenidas están congestionadas. Puede ser el consumismo estival, los viajes de temporada, vacaciones, qué sé yo. Nunca antes me había disgustado tanto el ritmo acelerado y agobiante de la ciudad

¿Qué descubriré cuando llegue?

Me encuentro ante una casa muy descuidada. Hasta el taxista tenía miedo de dejarme en este lugar en las afueras de la ciudad. Ingreso por la puerta principal. Todo aparenta un abandono de incluso mucho tiempo antes que naciera. Creo que he llegado a un punto ciego.

De pronto, oigo unos ruidos provenientes del jardín, asumo que a mi derecha. Camino con cuidado sobre las tablas para no producir ruidos y me encuentro con una anciana en silla de ruedas. Quizá sea ella la dueña de esta casa y la autora de las cartas.

La noto sola, mirando al horizonte. ¿Acaso es mi falta de sueño o parece estar esperándome? Me acerco sigiloso, por si acaso me lance improperios y me expulse, con todo derecho, de su casa. Pero no, me recibe con una sonrisa. Ve las cartas en mis manos y me señala una silla frente a ella. Asumo que quiere que me siente, lo cual hago.

¿Ahora qué? Debo estar loco por hacer este tipo de cosas, en pleno siglo XXI.

Quiero hablarle, pero me indica que permanezca en silencio. Ahora empiezo a considerar que estoy soñando. ¿Me habré golpeado en la cabeza cuando sacaba mis cosas de los cartones de mudanza? No que recuerde. Pero es que todo esto es muy extraño. Primero, recibir un cartón, luego ver el contenido, pasarme casi veinte y cuatro horas leyendo todas las cartas y, finalmente, buscar a la mujer que las escribió.

Escucho unos pasos. ¿Era ése el sonido de hace unos minutos? La señora me mira y sonríe con esa boca que ya no tiene dientes. Alguien viene. De seguro ahora sí me botan.

Cuál es mi sorpresa al ver a una joven mujer con mirada triste traer una bandeja con tazas de té, unos bocaditos y un recipiente con los dientes de la señora. Esto último me pareció agradable, en lugar de grotesco.

– Ahora ya entendí por qué me pediste tres tazas en lugar de dos, abuela – le dijo la joven. Tenía unas cintas en las muñecas, como si procurasen ocultar algo. Era hermosa y, siendo sinceros, me parecía verla sentada ante un escritorio cera de la ventana ante la cual leí las cartas. En mi mente, llevaba el mismo vestido blanco de ahora, pero sin las cintas, y escribía cada una de las cartas, justo al atardecer.

– Veo que ha encontrado mis cartas. Pensé que estaban en algún basurero de la ciudad o en una bodega.

– No, me han llegado por correo.

La anciana se puso sus dientes y dijo con trémula voz:

– Es tu destinatario, querida.

Me miró con desdén, pero no me importó. Haría lo que fuera por poner una sonrisa en su rostro y devolverle las ganas de vivir. Yo siempre quise recibir cartas, y ella siempre quiso tener a quién enviarlas. De debajo de la suya saqué la carta que había escrito, sin pensar en encontrarme a aquella mujer que, con sus palabras, cautivó mi alma y a quien quisiera conocer más.

Quizá sea ella la dueña de esta casa y la autora de las cartas.

Quizá sea ella la dueña de esta casa y la autora de las cartas.

Imagen tomada de: http://www.huffingtonpost.com/2013/05/13/richard-fleener-ii-stole-grandma-wheelchair-_n_3268601.html

Sus cartas (I)

Para… ¿Acaso importa? Bueno, para alguien. Para quien sea. Para todos y para nadie.

Estoy cansada de escribir cartas sin destinatario. Cada vez que me siento a escribir empiezan y terminan de la misma manera. El cuerpo, su contenido, es siempre cambiante. Pero, ¿a quién le llegan? No son enviadas por correo convencional o por electrónico, ni son publicadas para que alguien las vea.

Y, aunque las publicara, no habría diferencia. Nadie las provoca. O al menos nadie específico. Son todos y es nadie. A quien odie o a quien ame. Aunque hace muchos años que dejé de sentir. Me he vuelto insensible ante los eventos cotidianos que me conciernen.

Siempre le escribo a una persona que no conozco. A quien no conozco, pero me inspira, o al menos así era. ¿Cómo puede ser eso posible? Ni yo misma he podido elaborar una historia así. Tampoco es que lo haya intentado. No me comprendo ni espero que alguien lo haga.

¿Qué es lo que le escribo? Lo que sucede a mi alrededor. Yo soy la protagonista. Aunque no todo gire en torno a mí. Yo no soy de esas personas que se sienten como si fueran el centro del universo. Yo soy más como una testigo silente, que sólo anota lo que le llama la atención. Aquella que escribe en tercera persona y no se involucra. La que ve la acción pero no participa de la misma. Sí, ésa suelo ser yo. Como si ése fuese mi papel en la historia de mi propia vida. Quizá es porque la veo como algo insignificante, casi como si no tuviera valor. Es más interesante la existencia de otros. Siento que lo confirmo con cada carta. Analizo y cuestiono todo. Me comporto como si fuese la jueza de los demás, cuando en realidad no tengo deber ni derecho. No puedo manejar ni mi vida misma.

Quizá por eso no las envío, aunque hubiese quién las leyera. Porque nada es interesante. Porque todo es superfluo, irreverente, carente de sentido e interés. Inocuo, insípido, o simplemente patético. Admito que soy patética.

Aunque tuviera un destinatario, no creo que quisiera leer miles de cartas insignificantes. Por todo esto, esta es la última carta que escribo. Colgaré mis bolígrafos, guardaré las cartas. En su momento las desapareceré. No quiero tenerlas ya conmigo. Ahora son mis indeseables compañeras, recordándome mis dolores y enterrándose en mi alma. No quiero más púas que me lastimen. Si al menos hubiera rosas que me acompañasen… Pero ni eso hay. Hace muchos años que se marchitaron y sólo quedaron sus hirientes espinas. Los pétalos desaparecieron, se convirtieron en cenizas.

También desapareceré yo. Porque nadie me extrañará. Sí, soy un alma solitaria en este mundo tan revuelto y lleno de seres humanos que se preocupan de sí mismos y se han olvidado que al lado tienen a otro ser humano, a alguien de su misma especie. No quieren salir de sí mismos para encontrar esa gran verdad. Quizá soy como ellos. ¡Qué más se puede hacer! Somos de la misma generación.

Como diría una canción: “Y me voy. Qué lástima, pero adiós.”

Adiós. El mundo no leerá mis superfluos pensamientos.

Guardé todo meticulosamente. Mis ropas, mis libros, mis otros objetos personales. Todo iba acorde al plan. Se iban donde mi abuela. El único pariente que tengo en el mundo.

El departamento ya había sido vendido. A quién, ni idea. Tampoco sabía cuándo venía. Ya nada me importaba. Aprecié mi última puesta de sol desde aquella ventana ante la cual escribía en el atardecer. Soy una tonta por escribir tanto y nunca mostrarlo. ¿De qué me ha valido? De nada. Para nada. Lo he perdido todo sin saber qué era lo que tenía.

Vuelvo a ver todo mi entorno. Parece que nada se queda.

¿Y mis cartas? Todas en un cartón. Irían al correo, sin dirección como siempre. ¿Las enviarán de nuevo a esta dirección? ¿Se quedarán en bodega para siempre? Sólo el tiempo lo diría.

Es mi hora de desaparecer.

Qué bueno que todo mi maquillaje es a prueba de agua.

Aprecié mi última puesta de sol desde aquella ventana ante la cual escribía en el atardecer.

Aprecié mi última puesta de sol desde aquella ventana ante la cual escribía en el atardecer.

Imagen tomada de: http://arsvitaevitabrevis.blogspot.com/2012/12/la-carta-iii.html

¿Dónde?

¿Dónde ha quedado aquella niña de ojos tristes que lucían pequeños de tanto llorar? ¿Dónde se escondió ella, la que nunca se cortó las venas pero escribió como si así fuera? Aquella que podía escribir los versos más tristes y desgarradores en un minuto ante la luna nueva y las historias más románticas con el sol como testigo. La pequeña que encontraba historias que contar en cada rostro de su barrio; nunca le temió a la oscuridad, pero sí a los perros. Su mejor amiga era la lluvia y el peor enemigo el tiempo. ¿A dónde se fue? ¿Se habrá ido de viaje? ¿O algún ser envidioso se apoderó de ella y su talento?
Decir que ha muerto es la falacia más grande del mundo. A dónde fue a parar, no lo sabemos. Excepto que fue vacunada y creció. En alguna parte de su cerebro quedan los recuerdos de aquella niña que ahora es mujer; que juega con palabras sin escribir una historia, mira al cielo nocturno buscando una musa de antaño y considera al sol como el asesino de la hermosura de su perfecta piel.

 

niña de espaldas
Esa niña no ha desaparecido. A veces se asoma en sus inquisidores ojos, ahora grandes, y en las risas escondidas en la soledad, en las galas a las que asiste y los libros que guarda en medio del polvo sin sospechar sobre el otrora amor que les profesaba.
Sí, todavía vive la niña rebelde. Pero está próxima a ser rebelde con causa. Espera el momento oportuno para salir.
Ahora, todo es cuestión de tiempo.

Vestido Blanco

Hoy te vi, con ese vestido blanco. Muchos pensaron que te ibas a casar, como cualquier otra mujer. Pero no. Sorprendiste a todos, decidiéndote por algo muy distinto.

La primera vez que te vimos así pensamos que era un juego más, de aquellos de la niñez, en que asumíamos un personaje. Pero no. Nos diste una bofetada sin manos.

Muñeca con hábito

Hoy te vi, con el mismo vestido blanco de siempre. Tu madre hubiese querido comprarte un ajuar para tu boda, ayudarte a elegir el mejor encaje, un vestido único y diferente. Renunciaste a ese sueño con gracia.  “No quiero usar un vestido blanco una vez”, dijiste aquella ocasión. “Quiero vestir de blanco por siempre”.

Novia

Hoy te vi, metida en esa caja con el vestido blanco. Mejor dicho con ese hábito que usabas a diario. No puedo negar que, aún muerta, eres más feliz que cualquier otra mujer. Porque muchas eligen vestir de blanco una vez, y tú elegiste vestir de blanco para siempre y casarte con el fiel por excelencia.

Hoy me despido de ti, esperando verte en la vida eterna. Seguro te veré con un mejor vestido blanco, junto a nuestro Señor.

Fotos tomadas de todocontenidos.com y Congregación María Reina Inmaculada.

Cupido fantasma

No pensé verte por un buen tiempo. No después de la pelea que causó nuestra separación. Por eso decidí irme. Me subí al primer avión que salía. No me fijé en el destino. Sólo me quise ir. Así fue como me encontré en tierras ajenas.

Salí de excursión hacia algún poblado muy lejos de la ciudad, prácticamente en la selva. Pensaba en esa inmaculada cama de hotel tan suave y pulcra que me esperaba a mi regreso cuando un terremoto inició. Varios de los edificios a mi alrededor se desplomaron, las comunicaciones se cortaron. Los que sobrevivimos tratamos de rescatar al puñado de gente que se encontraba bajo las ruinas. Todo antes que llegara la ayuda.

Pasaron dos días, y nadie llegaba.

Encontré una casa aún más lejana, en una montaña. En ella vivía un hombre ya anciano quien no quiso dejar su inestable casa. Son los recuerdos, me dijo, eso no lo pienso abandonar así sin más.

Guardaba en varias jaulas especies exóticas. Muchas debían ser de dudosa procedencia. Por qué no las liberó, me pregunté. Así no tendría qué cuidar...

Sin previo aviso, me dio agua y comida. Me indicó de un pozo unos metros tras su casa de donde podía coger agua para asearme. Así hice. Me dio un lugar donde dormir. Un colchón cerca a la ventana del segundo piso. Y me quedé ahí hasta que pudiera sacar al señor. No quería dejarlo solo.

Unos días pasaron, y llegaste en la misión de rescate. No pensé que estuvieras entre los voluntarios. Te afanaste en aquella ardua y peligrosa misión y el destino hizo que te enviaran a los poblados más lejanos, donde nos habían olvidado. Llegaste al pueblo y te hablaron del viejo solitario de la montaña y una joven mujer que fue a rescatarle y no había regresado. Tal fue tu instinto que fuiste y me encontraste. Estaba dormida, caía la tarde. Tú estabas cansado después de tanto caminar. Cómo te dejaron ir solo, no lo sé. El señor te atendió como a mí y te dijo para que durmieras a mi lado.

En mis sueños te veía conmigo, velando mis sueños y cuidándome, por eso sonreía. Grande fue mi sorpresa cuando, al despertar, te vi a mi lado. Me abrazabas y mi cabeza reposaba sobre tu pecho. Si estuve enojada, lo olvidé. Tenerte a mi lado en la adversidad superaba todas mis expectativas.

Recuerdo, de alguna manera, el rostro alegre del fantasma. Había fallecido el día de mi llegada. Nunca revisé más allá del patio de la casa. Allá, en el bosque, estaba sepultado este cupido añejo, en medio de árboles caídos y hojas muertas. Él nos unió en medio del cataclismo y el dolor. Al levantarnos, se abrieron las jaulas; las aves, como entendiendo la partida de este mundo de su celoso cuidador, se liberaron de su encierro.

Con ellas, volamos nosotros.

Reencuentro en la eternidad

Sostiene en sus manos el relicario que alguna vez su amado le regaló

Soñé que te tenía a mi lado y colocabas alrededor de mi cuello ese hermoso relicario en que colocaste nuestras fotos, antes de siquiera pedir mi mano. Todo era un encanto, un paraíso de amor. Íbamos al cine y jugábamos en el parque. Eran eternos esos días en que cocinaba para enamorarte. Te preparaba todo lo que querías y lo comías con fascie gustosa, como cuando te empalagabas con mis dulces besos en tu boca…

Mira su entorno. La casa es muy grande para una sola persona, y le recuerda su soledad.

Pero, he despertado. Muchos años han pasado desde que no estas conmigo. Me he hallado sola en esta inmensa casa y con muchas arrugas que cruzan mi vetusto rostro letalmente herido por el ingrato tiempo. Me aqueja el dolor de ya no tenerte a mi lado y ahora pasar mis últimos días en soledad.
Pero el día de hoy ya no me invade la tristeza. Más bien me siento llena de felicidad. Pronto te volveré a ver, y nuestro amor resurgirá.

Huir

Despierto en el bosque

Desperté, pero no podía abrir mis ojos. Mi cuerpo se sentía como de cemento. Podía escuchar un crujir de hojas en la distancia. Vino a mi mente el recuerdo de mis últimas horas de libertad. Cuando estaba con mis amigas tomando un café. Cuando nos fuimos a la discoteca a disfrutar de nuestra libertad de jóvenes. El tipo que me sacó a bailar y me pidió el número. Todo estaba bien. Aparentemente.

Recuerdo vagamente cuando salí de la discoteca y mis amigas me dejaron por mi cuadra. No estaba borracha, ni nada por el estilo, pero el sueño me vencía a cada segundo.

Sólo sentí una mano que me sujetaba por detrás y un pañuelo en mi cara. Inhalé una sustancia extraña.

Y me desmayé.

Despierto recién ahora. Siento un olor a bosque húmedo. Hace frío, pero no me puedo cubrir. No tengo mis zapatos. Sólo la ropa que me puse para festejar el compromiso de Shirley.

¿Me caí? ¿Me han golpeado? No, no siento dolor.

Pero, por el momento, no me puedo mover. Apenas puedo parpadear. Y veo todo oscuro a mi alrededor. Todavía es de noche, o quizá es otra noche la que me recibe. Una densa niebla recorre el lugar. Sí, estoy en un bosque. Sola.

Escucho una risa burlona en la distancia, junto con ladridos y pisadas. Alguien corre y se acerca. Sea como sea, tengo que correr. Tengo que huir.

Luchando a muerte por un amor

Una niña deja un pueblo para irse con su familia por negocios y regresa convertida en toda una elegante dama adinerada. Sus dos amigos de la infancia son motivados por sus familias a cortejarla, hasta que la ven y reconocen en ella a su amiga de antaño. Pero, uno de ellos siempre la amó. Aún así, ¿quién ganará en la contienda final? ¿O tan sólo será un triste desenlace?

Luchando a muerte por un amor