Sus cartas (II)

“¿Qué es esto?”, pienso al revisar el contenido del cartón que me ha llegado en el correo. El hecho que me haya llegado uno me sorprende en exceso.

Veo que son cartas. Unas en papeles amarillos por el paso del tiempo, otras relucientes y blancas porque son nuevas. Dicen que eran de la persona que vivía en este departamento. Nunca puso dirección de destino y las regresaron.

Sostengo una en mis manos y me impresiona el estilo de la misma. ¿Quién es ella que escribe tan maravillosamente? Me ha dejado estupefacto. Escribe con tanto realismo, dolor, felicidad… es como un concentrado de vida en cada carta. ¿Quién es ella?

Regreso a mi departamento y me siento a leer cada una de las cartas, todas escritas a mano con una caligrafía elegante. ¿En serio son cartas? Más parecen capítulos de una historia contada a dos tiempos o dos voces. Una de los sucesos diarios y otra en la que analiza los mismos. Como si cada acto mereciera ser filosofado, si acaso se pudiere realizar tal hazaña. ¡Qué análisis, qué encanto en cada carta! Aunque sea mayoritariamente doloroso el sentimiento que me llega en cada misiva, me encanta leerlas.

He pasado toda la noche en vela, ni he sentido el paso de las horas. Veo el sol alzarse sobre la ciudad y ni siento cansancio. Una taza de té será suficiente para mantenerme despierto para lo que queda. Agradezco que no me agrada el café.

Termino de leer las cartas y me encuentro con una en la que refiere estar cansada de escribir cartas sin destinatario. ¿Seré lo suficientemente bueno para escribirle una carta? ¿A qué dirección? Cuando me cambié, me dieron una dirección para realizar los pagos mensuales, pero no sé si sea de ella o del agente mobiliario.

Salgo apresurado a tomar un taxi. Justo las avenidas están congestionadas. Puede ser el consumismo estival, los viajes de temporada, vacaciones, qué sé yo. Nunca antes me había disgustado tanto el ritmo acelerado y agobiante de la ciudad

¿Qué descubriré cuando llegue?

Me encuentro ante una casa muy descuidada. Hasta el taxista tenía miedo de dejarme en este lugar en las afueras de la ciudad. Ingreso por la puerta principal. Todo aparenta un abandono de incluso mucho tiempo antes que naciera. Creo que he llegado a un punto ciego.

De pronto, oigo unos ruidos provenientes del jardín, asumo que a mi derecha. Camino con cuidado sobre las tablas para no producir ruidos y me encuentro con una anciana en silla de ruedas. Quizá sea ella la dueña de esta casa y la autora de las cartas.

La noto sola, mirando al horizonte. ¿Acaso es mi falta de sueño o parece estar esperándome? Me acerco sigiloso, por si acaso me lance improperios y me expulse, con todo derecho, de su casa. Pero no, me recibe con una sonrisa. Ve las cartas en mis manos y me señala una silla frente a ella. Asumo que quiere que me siente, lo cual hago.

¿Ahora qué? Debo estar loco por hacer este tipo de cosas, en pleno siglo XXI.

Quiero hablarle, pero me indica que permanezca en silencio. Ahora empiezo a considerar que estoy soñando. ¿Me habré golpeado en la cabeza cuando sacaba mis cosas de los cartones de mudanza? No que recuerde. Pero es que todo esto es muy extraño. Primero, recibir un cartón, luego ver el contenido, pasarme casi veinte y cuatro horas leyendo todas las cartas y, finalmente, buscar a la mujer que las escribió.

Escucho unos pasos. ¿Era ése el sonido de hace unos minutos? La señora me mira y sonríe con esa boca que ya no tiene dientes. Alguien viene. De seguro ahora sí me botan.

Cuál es mi sorpresa al ver a una joven mujer con mirada triste traer una bandeja con tazas de té, unos bocaditos y un recipiente con los dientes de la señora. Esto último me pareció agradable, en lugar de grotesco.

– Ahora ya entendí por qué me pediste tres tazas en lugar de dos, abuela – le dijo la joven. Tenía unas cintas en las muñecas, como si procurasen ocultar algo. Era hermosa y, siendo sinceros, me parecía verla sentada ante un escritorio cera de la ventana ante la cual leí las cartas. En mi mente, llevaba el mismo vestido blanco de ahora, pero sin las cintas, y escribía cada una de las cartas, justo al atardecer.

– Veo que ha encontrado mis cartas. Pensé que estaban en algún basurero de la ciudad o en una bodega.

– No, me han llegado por correo.

La anciana se puso sus dientes y dijo con trémula voz:

– Es tu destinatario, querida.

Me miró con desdén, pero no me importó. Haría lo que fuera por poner una sonrisa en su rostro y devolverle las ganas de vivir. Yo siempre quise recibir cartas, y ella siempre quiso tener a quién enviarlas. De debajo de la suya saqué la carta que había escrito, sin pensar en encontrarme a aquella mujer que, con sus palabras, cautivó mi alma y a quien quisiera conocer más.

Quizá sea ella la dueña de esta casa y la autora de las cartas.

Quizá sea ella la dueña de esta casa y la autora de las cartas.

Imagen tomada de: http://www.huffingtonpost.com/2013/05/13/richard-fleener-ii-stole-grandma-wheelchair-_n_3268601.html

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