Cupido fantasma

No pensé verte por un buen tiempo. No después de la pelea que causó nuestra separación. Por eso decidí irme. Me subí al primer avión que salía. No me fijé en el destino. Sólo me quise ir. Así fue como me encontré en tierras ajenas.

Salí de excursión hacia algún poblado muy lejos de la ciudad, prácticamente en la selva. Pensaba en esa inmaculada cama de hotel tan suave y pulcra que me esperaba a mi regreso cuando un terremoto inició. Varios de los edificios a mi alrededor se desplomaron, las comunicaciones se cortaron. Los que sobrevivimos tratamos de rescatar al puñado de gente que se encontraba bajo las ruinas. Todo antes que llegara la ayuda.

Pasaron dos días, y nadie llegaba.

Encontré una casa aún más lejana, en una montaña. En ella vivía un hombre ya anciano quien no quiso dejar su inestable casa. Son los recuerdos, me dijo, eso no lo pienso abandonar así sin más.

Guardaba en varias jaulas especies exóticas. Muchas debían ser de dudosa procedencia. Por qué no las liberó, me pregunté. Así no tendría qué cuidar...

Sin previo aviso, me dio agua y comida. Me indicó de un pozo unos metros tras su casa de donde podía coger agua para asearme. Así hice. Me dio un lugar donde dormir. Un colchón cerca a la ventana del segundo piso. Y me quedé ahí hasta que pudiera sacar al señor. No quería dejarlo solo.

Unos días pasaron, y llegaste en la misión de rescate. No pensé que estuvieras entre los voluntarios. Te afanaste en aquella ardua y peligrosa misión y el destino hizo que te enviaran a los poblados más lejanos, donde nos habían olvidado. Llegaste al pueblo y te hablaron del viejo solitario de la montaña y una joven mujer que fue a rescatarle y no había regresado. Tal fue tu instinto que fuiste y me encontraste. Estaba dormida, caía la tarde. Tú estabas cansado después de tanto caminar. Cómo te dejaron ir solo, no lo sé. El señor te atendió como a mí y te dijo para que durmieras a mi lado.

En mis sueños te veía conmigo, velando mis sueños y cuidándome, por eso sonreía. Grande fue mi sorpresa cuando, al despertar, te vi a mi lado. Me abrazabas y mi cabeza reposaba sobre tu pecho. Si estuve enojada, lo olvidé. Tenerte a mi lado en la adversidad superaba todas mis expectativas.

Recuerdo, de alguna manera, el rostro alegre del fantasma. Había fallecido el día de mi llegada. Nunca revisé más allá del patio de la casa. Allá, en el bosque, estaba sepultado este cupido añejo, en medio de árboles caídos y hojas muertas. Él nos unió en medio del cataclismo y el dolor. Al levantarnos, se abrieron las jaulas; las aves, como entendiendo la partida de este mundo de su celoso cuidador, se liberaron de su encierro.

Con ellas, volamos nosotros.

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