La vida

La vida, regalo preciado que se puede ir en un segundo. No pienses en cómo. Sólo sucede.
Respira, inhala ese elixir vital llamado aire y continúa con tus labores, tus responsabilidades, tus gustos…
Detente, mira lo que hay a tu alrededor, dale gracias a Dios por todo lo que él, misericordiosamente, te regaló. Disfruta de cada cosa que pase. Aunque sea mala, que no te amargue.
Llora, no solo de tristeza, sino de alegría. No escuches a los que dicen que llorar no es de hombres o que llorar es de cobardes. Es tan solo la libre expresión de ciertas emociones nuestras.
Sonríe. Pero que no sea una sonrisa hipócrita o sin sentimiento. Que sea el reflejo de tu paz, tranquilidad y alegría, de tal manera que alegres el día de los demás.
Lee. La lectura enriquece el léxico y el alma, dependiendo de lo que se lee. Que las palabras se conviertan en historias que te permitan crear tu propio universo. No obstante, es bueno vivir en el que estás. No olvides tu entorno.
Escucha música. No la destructiva, que puede dañarte, ni a alto volumen, porque te ensordece. Escucha la música que te inspire. Oye atentamente el canto de las aves, una de las cosas más puras de la creación.
Observa el cielo y su infinidad. El sol, la luna y las estrellas que en su eterna danza forman las constelaciones que nos han maravillado desde el inicio del tiempo. Mira las flores tan hermosas en su sencillez. Percibe su dulce aroma que resulta más agradabe que el perfume más caro.
Reza. Ten ese momento de conversación con Dios. Él lo sabe todo, pero quiere que tú, como hijo amado, le hables y le escuches lo que tiene para decir como exclusiva, sólo para ti. Date tiempo para ese maravilloso encuentro. Él te da la eternidad.
Hay muchas cosas que puedes hacer y necesitaría más espacio para anotarlas. En resumen, vive.

Vive el presente porque el pasado ya se fue y el futuro aún no llega.
Vive lo palpable en lugar de habitar en el mundo de las ideas. Vive el tiempo actual.
Vive. Hazlo en paz y buscando la excelencia. Buscando ser lo mejor sin despreciar a los demás.
Así, amigo lector, llegarás a la tan anhelada felicidad… Y a la santidad.

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