Desde muy pequeña, como muchos niños habitantes del Cerro Santa Ana de Guayaquil, he pasado muchas noches mirando las estrellas desde las ventanas de mi casa. Era un dulce regalo después de las tareas de la escuela. La brisa proveniente de la ría, junto con ese cielo lleno de estrellas que parecía escarcha sobre una suave tela azul marino. ¡No había cosa mejor que aquel festín natural!

Quizá por eso desde aquella época sueño con el cielo, las estrellas, los planetas…. El espacio en sí.

Pero no es un sueño que ha quedado en sólo mirar hacia arriba cada vez que hay una luna de sangre o un eclipse lunar. No os confundáis. Sigo persiguiendo aquellas esferas celestes que se encuentran a muchos años luz de nosotros. Pero mi persecución es distinta.

Atrás quedaron los sueños de ser astronauta, astrofísica o siquiera considerar trabajar en la NASA o fundar algo similar en mi patria (sí, mis sueños siempre han sido locos). Ahora mi realidad ya que han sido otras las musas que me llamaron.

Y aún así no olvido este camino. Cruzar la vía láctea, encontrar nuevas estrellas, o al menos nuevas para nosotros. El universo es inmenso y nos guarda aún muchos secretos.

Pero yo ya no he de ser la que viaje. O al menos no mi cuerpo. Sólo mi nombre.

Éste es un nuevo proyecto de la NASA. Sin querer, dan la opotunidad a que “internautas” como yo podamos llegar a los lugares más recónditos de la galaxia, desde la comodidad de nuestros hogares y cumpliendo aquellas pequeñas e importantes misiones que nos mantienen gravitando sobre la superficie de este planeta llamado Tierra.

Aquí les comparto el link.

http://go.usa.gov/vcpz

¿Se atreven a explorar el universo?

Yo ya me he inscrito. Vamos, y juntos conozcamos el espacio sideral.

“¿Qué es esto?”, pienso al revisar el contenido del cartón que me ha llegado en el correo. El hecho que me haya llegado uno me sorprende en exceso.

Veo que son cartas. Unas en papeles amarillos por el paso del tiempo, otras relucientes y blancas porque son nuevas. Dicen que eran de la persona que vivía en este departamento. Nunca puso dirección de destino y las regresaron.

Sostengo una en mis manos y me impresiona el estilo de la misma. ¿Quién es ella que escribe tan maravillosamente? Me ha dejado estupefacto. Escribe con tanto realismo, dolor, felicidad… es como un concentrado de vida en cada carta. ¿Quién es ella?

Regreso a mi departamento y me siento a leer cada una de las cartas, todas escritas a mano con una caligrafía elegante. ¿En serio son cartas? Más parecen capítulos de una historia contada a dos tiempos o dos voces. Una de los sucesos diarios y otra en la que analiza los mismos. Como si cada acto mereciera ser filosofado, si acaso se pudiere realizar tal hazaña. ¡Qué análisis, qué encanto en cada carta! Aunque sea mayoritariamente doloroso el sentimiento que me llega en cada misiva, me encanta leerlas.

He pasado toda la noche en vela, ni he sentido el paso de las horas. Veo el sol alzarse sobre la ciudad y ni siento cansancio. Una taza de té será suficiente para mantenerme despierto para lo que queda. Agradezco que no me agrada el café.

Termino de leer las cartas y me encuentro con una en la que refiere estar cansada de escribir cartas sin destinatario. ¿Seré lo suficientemente bueno para escribirle una carta? ¿A qué dirección? Cuando me cambié, me dieron una dirección para realizar los pagos mensuales, pero no sé si sea de ella o del agente mobiliario.

Salgo apresurado a tomar un taxi. Justo las avenidas están congestionadas. Puede ser el consumismo estival, los viajes de temporada, vacaciones, qué sé yo. Nunca antes me había disgustado tanto el ritmo acelerado y agobiante de la ciudad

¿Qué descubriré cuando llegue?

Me encuentro ante una casa muy descuidada. Hasta el taxista tenía miedo de dejarme en este lugar en las afueras de la ciudad. Ingreso por la puerta principal. Todo aparenta un abandono de incluso mucho tiempo antes que naciera. Creo que he llegado a un punto ciego.

De pronto, oigo unos ruidos provenientes del jardín, asumo que a mi derecha. Camino con cuidado sobre las tablas para no producir ruidos y me encuentro con una anciana en silla de ruedas. Quizá sea ella la dueña de esta casa y la autora de las cartas.

La noto sola, mirando al horizonte. ¿Acaso es mi falta de sueño o parece estar esperándome? Me acerco sigiloso, por si acaso me lance improperios y me expulse, con todo derecho, de su casa. Pero no, me recibe con una sonrisa. Ve las cartas en mis manos y me señala una silla frente a ella. Asumo que quiere que me siente, lo cual hago.

¿Ahora qué? Debo estar loco por hacer este tipo de cosas, en pleno siglo XXI.

Quiero hablarle, pero me indica que permanezca en silencio. Ahora empiezo a considerar que estoy soñando. ¿Me habré golpeado en la cabeza cuando sacaba mis cosas de los cartones de mudanza? No que recuerde. Pero es que todo esto es muy extraño. Primero, recibir un cartón, luego ver el contenido, pasarme casi veinte y cuatro horas leyendo todas las cartas y, finalmente, buscar a la mujer que las escribió.

Escucho unos pasos. ¿Era ése el sonido de hace unos minutos? La señora me mira y sonríe con esa boca que ya no tiene dientes. Alguien viene. De seguro ahora sí me botan.

Cuál es mi sorpresa al ver a una joven mujer con mirada triste traer una bandeja con tazas de té, unos bocaditos y un recipiente con los dientes de la señora. Esto último me pareció agradable, en lugar de grotesco.

- Ahora ya entendí por qué me pediste tres tazas en lugar de dos, abuela – le dijo la joven. Tenía unas cintas en las muñecas, como si procurasen ocultar algo. Era hermosa y, siendo sinceros, me parecía verla sentada ante un escritorio cera de la ventana ante la cual leí las cartas. En mi mente, llevaba el mismo vestido blanco de ahora, pero sin las cintas, y escribía cada una de las cartas, justo al atardecer.

- Veo que ha encontrado mis cartas. Pensé que estaban en algún basurero de la ciudad o en una bodega.

- No, me han llegado por correo.

La anciana se puso sus dientes y dijo con trémula voz:

- Es tu destinatario, querida.

Me miró con desdén, pero no me importó. Haría lo que fuera por poner una sonrisa en su rostro y devolverle las ganas de vivir. Yo siempre quise recibir cartas, y ella siempre quiso tener a quién enviarlas. De debajo de la suya saqué la carta que había escrito, sin pensar en encontrarme a aquella mujer que, con sus palabras, cautivó mi alma y a quien quisiera conocer más.

Quizá sea ella la dueña de esta casa y la autora de las cartas.

Quizá sea ella la dueña de esta casa y la autora de las cartas.

Imagen tomada de: http://www.huffingtonpost.com/2013/05/13/richard-fleener-ii-stole-grandma-wheelchair-_n_3268601.html

Para… ¿Acaso importa? Bueno, para alguien. Para quien sea. Para todos y para nadie.

Estoy cansada de escribir cartas sin destinatario. Cada vez que me siento a escribir empiezan y terminan de la misma manera. El cuerpo, su contenido, es siempre cambiante. Pero, ¿a quién le llegan? No son enviadas por correo convencional o por electrónico, ni son publicadas para que alguien las vea.

Y, aunque las publicara, no habría diferencia. Nadie las provoca. O al menos nadie específico. Son todos y es nadie. A quien odie o a quien ame. Aunque hace muchos años que dejé de sentir. Me he vuelto insensible ante los eventos cotidianos que me conciernen.

Siempre le escribo a una persona que no conozco. A quien no conozco, pero me inspira, o al menos así era. ¿Cómo puede ser eso posible? Ni yo misma he podido elaborar una historia así. Tampoco es que lo haya intentado. No me comprendo ni espero que alguien lo haga.

¿Qué es lo que le escribo? Lo que sucede a mi alrededor. Yo soy la protagonista. Aunque no todo gire en torno a mí. Yo no soy de esas personas que se sienten como si fueran el centro del universo. Yo soy más como una testigo silente, que sólo anota lo que le llama la atención. Aquella que escribe en tercera persona y no se involucra. La que ve la acción pero no participa de la misma. Sí, ésa suelo ser yo. Como si ése fuese mi papel en la historia de mi propia vida. Quizá es porque la veo como algo insignificante, casi como si no tuviera valor. Es más interesante la existencia de otros. Siento que lo confirmo con cada carta. Analizo y cuestiono todo. Me comporto como si fuese la jueza de los demás, cuando en realidad no tengo deber ni derecho. No puedo manejar ni mi vida misma.

Quizá por eso no las envío, aunque hubiese quién las leyera. Porque nada es interesante. Porque todo es superfluo, irreverente, carente de sentido e interés. Inocuo, insípido, o simplemente patético. Admito que soy patética.

Aunque tuviera un destinatario, no creo que quisiera leer miles de cartas insignificantes. Por todo esto, esta es la última carta que escribo. Colgaré mis bolígrafos, guardaré las cartas. En su momento las desapareceré. No quiero tenerlas ya conmigo. Ahora son mis indeseables compañeras, recordándome mis dolores y enterrándose en mi alma. No quiero más púas que me lastimen. Si al menos hubiera rosas que me acompañasen… Pero ni eso hay. Hace muchos años que se marchitaron y sólo quedaron sus hirientes espinas. Los pétalos desaparecieron, se convirtieron en cenizas.

También desapareceré yo. Porque nadie me extrañará. Sí, soy un alma solitaria en este mundo tan revuelto y lleno de seres humanos que se preocupan de sí mismos y se han olvidado que al lado tienen a otro ser humano, a alguien de su misma especie. No quieren salir de sí mismos para encontrar esa gran verdad. Quizá soy como ellos. ¡Qué más se puede hacer! Somos de la misma generación.

Como diría una canción: “Y me voy. Qué lástima, pero adiós.”

Adiós. El mundo no leerá mis superfluos pensamientos.

Guardé todo meticulosamente. Mis ropas, mis libros, mis otros objetos personales. Todo iba acorde al plan. Se iban donde mi abuela. El único pariente que tengo en el mundo.

El departamento ya había sido vendido. A quién, ni idea. Tampoco sabía cuándo venía. Ya nada me importaba. Aprecié mi última puesta de sol desde aquella ventana ante la cual escribía en el atardecer. Soy una tonta por escribir tanto y nunca mostrarlo. ¿De qué me ha valido? De nada. Para nada. Lo he perdido todo sin saber qué era lo que tenía.

Vuelvo a ver todo mi entorno. Parece que nada se queda.

¿Y mis cartas? Todas en un cartón. Irían al correo, sin dirección como siempre. ¿Las enviarán de nuevo a esta dirección? ¿Se quedarán en bodega para siempre? Sólo el tiempo lo diría.

Es mi hora de desaparecer.

Qué bueno que todo mi maquillaje es a prueba de agua.

Aprecié mi última puesta de sol desde aquella ventana ante la cual escribía en el atardecer.

Aprecié mi última puesta de sol desde aquella ventana ante la cual escribía en el atardecer.

Imagen tomada de: http://arsvitaevitabrevis.blogspot.com/2012/12/la-carta-iii.html

¿Dónde ha quedado aquella niña de ojos tristes que lucían pequeños de tanto llorar? ¿Dónde se escondió ella, la que nunca se cortó las venas pero escribió como si así fuera? Aquella que podía escribir los versos más tristes y desgarradores en un minuto ante la luna nueva y las historias más románticas con el sol como testigo. La pequeña que encontraba historias que contar en cada rostro de su barrio; nunca le temió a la oscuridad, pero sí a los perros. Su mejor amiga era la lluvia y el peor enemigo el tiempo. ¿A dónde se fue? ¿Se habrá ido de viaje? ¿O algún ser envidioso se apoderó de ella y su talento?
Decir que ha muerto es la falacia más grande del mundo. A dónde fue a parar, no lo sabemos. Excepto que fue vacunada y creció. En alguna parte de su cerebro quedan los recuerdos de aquella niña que ahora es mujer; que juega con palabras sin escribir una historia, mira al cielo nocturno buscando una musa de antaño y considera al sol como el asesino de la hermosura de su perfecta piel.

 

niña de espaldas
Esa niña no ha desaparecido. A veces se asoma en sus inquisidores ojos, ahora grandes, y en las risas escondidas en la soledad, en las galas a las que asiste y los libros que guarda en medio del polvo sin sospechar sobre el otrora amor que les profesaba.
Sí, todavía vive la niña rebelde. Pero está próxima a ser rebelde con causa. Espera el momento oportuno para salir.
Ahora, todo es cuestión de tiempo.

Todos celebran el Día de la Madre. Mucha algarabía, mucha comida también. Mucho mercantilismo que algunos no quieren reconocer, es cierto.

Pero, ¿qué pasa con el Día del Padre? Algo de consumismo, menos pompas. Ciertamente nada de mariachis o serenatas.

¿Por qué?

Porque algunos no reconocen el rol de los padres. Aquellos hombres que, para nosotras, son nuestros reyes y claro ejemplo de lo que queremos en el famoso príncipe azul. Esa parte a veces centrada, a veces divertida, el perfecto complemento de mamá.

¿Qué pasa cuando falta?

Se pierde una parte esencial de la familia, así como si faltare la mamá.

¿Conoces, estimado lector, la frase “Padre no es el que engendra, sino el que cría”? Es cierto. Lo digo por experiencia.

Una breve anécdota. No conozco a mi padre biológico. Pero no necesito conocerlo tampoco. Porque tengo papá. Hubo en mi vida un hombre que, sin guardar relación genética conmigo y, obvio, ni participar en mi concepción, me acogió en su seno como hija y no ha descuidado ese papel de padre hasta ahora. Aunque él diga que tengo un padre biológico en alguna parte del mundo, él es el único padre que tengo.

Quizá en ese aspecto no he tenido la familia convencional. Madre soltera encerrada en el trabajo, partiendo desde ahí. Pero tuve (y tengo todavía) a mi abuela materna, quien cumple el rol de madre, y el padrastro de mi mamá, mi papá.

Una figura femenina y una figura masculina que llevan el rol de padres y hemos formado una familia. Tal como debe ser. Mamá, papá e hija.

Ya son veinte y cinco años de eso. Hoy es mi onomástico.

Estoy agradecida con la decisión que todos tomaron para poder decir hoy: He llegado al cuarto de siglo. Porque si mi mamá se hubiese dejado llevar por lo que decía el mundo, no hubiera llegado a nacer. Mi abuela y mi papá le abrieron los ojos a la vida y aceptó tenerme. Mi abuela y mi papá se encargaron de lo demás. Y les estoy eternamente agradecida.

Porque por ellos conozco el hermoso don de la vida.

Por ellos aprendí sobre el amor a la lectura. Y con eso la escritura.

Porque por ellos soy la mujer que soy ahora.

 

¿Ya le dijiste a tu papá cuánto lo quieres? ¿Qué tan agradecido estás por la vida que te ha dado?

Anda. Aunque no te diga nada, todo lo guarda en su corazón. Así es mi papá.

 

¡Que tengas un día lleno de bendiciones, estimado lector!

Te quiero mucho, mamá.

Porque me diste la vida, cuando muchos la quitan.

Porque ante la adversidad, decidiste tenerme.

Porque, aunque sola, saliste adelante.

Porque no importó que no me desearas.

 

Te quiero porque me diste lo que le niegan a otros,

El simple derecho a vivir.

Te quiero porque me diste una opción

En lugar de una salida fácil, verme morir.

 

Fuiste de las valientes que dijo sí a la vida.

De aquellas mujeres que enfrentan todo.

No importa lo que les digan.

Nosotros, sus hijos somos preciados.

 

Madre, no lo fuiste desde que nací.

Lo fuiste desde que me formé en ti.

Me cuidaste desde antes de nacer.

Por eso siempre te agradeceré.

Cuando las letras son lo único que quedan

No hay melodías que me conmuevan,

Películas que me enternezcan

O caricias que me derritan.

 

Las letras,

Para algunos, tan rígidas;

Muy expresivas para mí.

 

Cuando las letras quedan

Ya se ha intentado todo.

No hay acto que evoque al corazón,

Sólo las palabras que alguien leyó.

 

Palabras que alguien dijo

Pero al leerlas las entendió.

 

Las letras cuentan todo,

Desde historia hasta religión

Pasando por fantasía y ciencia ficción;

Lo real, un sentimiento que pasó;

Lo irreal, lo que alguien una vez soñó.

 

Pueden contar una hermosa historia de amor.

 

Las letras transmiten vida

Aunque no sean seres vivos.

Las letras serán las que queden

Cuando nos hayamos ido.

Serán el recuerdo de que existimos.

Esta especie que buscó su destrucción.

 

Son ellas nuestra herencia

Y no aprendimos la lección.

 

Las palabras.

Sapiencia, conocimiento,

Lógica, ciencia, historia,

Literatura, legislación,

Muchas cosas que vinieron por inspiración.

 

Todas ellas quedan

Cuando ya no hay vida,

No hay razón,

No queda quién las lea.

Sólo un recuerdo de lo que aquí pasó

Para una futura generación.

I always have to be the first one
To fulfill the goals of everyone around.
The first whose professional life early begun,
Or who the cure of a sickness found.

No matter what I do
I’m the first one to move.
Like a soldier.
Better so, like a puppet.
Lifeless, ready to do whatever they want.

I’m sick of it.
I have to cut my strings.
I don’t care if I fall.
I wanna be the first one
To do my own free will.

Remember the last song you played.
It was about our love,
What we used to feel.
The last time we tried to cover our mistakes,
We hid them in the stove
Until there was no more.
Or that’s what we thought.

But the end was so close.
We were so blind.
Why did we wait? We were so selfish.
It was like an overdose
Of our own medicine.
Many, oh, many lies!
There was nothing we could do.

And here we are, imprisoned.
Our liberty is forever gone.
No mistakes anymore.
Tomorrow we will be here no more.

She was trembling,
Shaking.
Her skin so pale,
Ghost-like.
I was fearing the worst,
Her death.
False alarm?
She was hypoglycemic.

But she was so close!
Oh, God, no!
Her heart rate so erratic.
Could I do like with everybody?
There was no dextrose nearby.
(This hospital is the worst!)
Until it became static,
All silence around.
Really, some coke?
Her glucose stable.
I could sleep again.

Follow me:

about.me

Haruna Kisaragi Kontong

Haruna Kisaragi Kontong

Futura doctora y escritora / Future doctor and writer

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

A %d blogueros les gusta esto: